La Navidad pasada fue muy especial para mi familia. Con tres años ya cumplidos mi hija empezó a captar la tradición de los regalos, Papá Noel, etc. Fue la primer Navidad que, espero, guardará en sus recuerdos infantiles.

           

Por eso, en mi afán de que para ella también fuera especial esta Navidad, unas semanas antes del 24 empecé a preguntarle que quería de regalo. ‘¿Que le vas a pedir a Papá Noel?‘; ‘Dale, pensalo porque tenemos que escribir la cartita eh?… Nunca se decidió. Mejor dicho, nunca pidió nada.

Su respuesta a mis insistentes consultas fue sencillamente que le iba a pedir ‘Un regalo. Un regalo sorpresa’.

          

 Y no es que mi hija no sepa que existen miles de cosas disponibles para ser pedidas. Mira Disney Junior, juega con juguetes que usan pila y se disfraza de princesa. Pero pese al bombardeo publicitario pre-navideño (y mis constantes consultas), no pidió nada. Obviamente, en el árbol hubo muchos regalos para ella, y todos los recibió con la misma cara de asombro que solo los chicos de esa edad pueden poner ante un juguete.

           

Pasaron unos días, la emoción del chiche nuevo se fue apagando, y noté que el regalo que más usaba mi hija desde Navidad era la caja.

           

La caja fue un regalo casero que improvisamos. Una caja que compré en la papelera y la llené de útiles para dibujar, pintar, recortar y pegar. Todas cosas simples, compradas en el bazar chino por dos pesos. Y para poder usar las cosas que vienen en la caja, yo me tengo que sentar con ella y ‘ayudarla’. Así que en las vacaciones nos pasamos largos ratos cortando mis OhLalá para decorar a las princesas que le imprimí en el trabajo. O pintando con témpera a Henry Monstruito. O haciendo bolitas de papel crepé para poner nubes sobre las casas que le dibujo.

          

 La caja la usamos juntas. Por eso la usa prefiere a cualquiera de sus otros regalos.

           

8b423fe2861d5d5d391684eb8e2eac00Hay una enorme diferencia entre las cosas que les damos a nuestros hijos pensando que las necesitan, y las cosas que ellos en realidad querrían pedirnos, y muchas veces no hacen por miedo a recibir un ‘no’ como respuesta. Muchas veces estamos tan apuradas, tan cansadas, tan distraídas o tan enojadas que pensamos que el camión más grande, o la muñeca más linda, o las zapatillas con más colores los van a alegrar más que un rato con nosotras.

          

Un rato sin teléfono. Sin el timer del microondas. Sin las cuotas de la tarjeta. Sin quilombo de tránsito. Sin reproches ni reclamos. Un rato a solas con ellos, en su mundo.

           

Yo también trabajo mucho. Y me canso, y me enojo, y le pongo los dibus para que se entretenga sola muchas más veces de las que quisiera. Nunca voy a ser la mamá de publicidad que hace mil cosas a la vez, con una camisa perfectamente blanca y todo le sale bien y no se enoja cuando los chicos se ensucian. Y seguramente, algún día escriba cartitas pidiendo muñecas que hablan o mochilas fuccia con brillos artificiales y sienta que con eso, hice feliz a mi hija.

           

Pero por ahora, tengo la caja. La escondo en un lugar alto para que ella no la agarre sola, así me pide que pintemos juntas siempre que le den ganas. Cuido sus lapicitos para que duren muchas casitas y muchas princesas más. Y repongo la plasticola que ella todavía no sabe racionar.

           

Porque en esa caja, no solo guarda Ema sus cosas de pintar. También guardo yo, mi mejor tiempo para ella. Y ese, es el mejor regalo que Papá Noel nos trajo la Navidad pasada…

Para las que no lo vieron, les dejo el link del comercial de Ikea que refleja lo que escribí en este post:
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Créditos de imagen: Pinterest