Hoy como todos los días me levanto a la mañana y preparo mi café con leche mirando por la ventana. Desde mi tercer piso, tengo la vista hacia el parque de lo que una vez fue “la casa del lado”. Esas casas que al pasar, uno puede quedarse observando la perfección de su jardín, o como todo parece estar en el lugar correcto. Las plantas cuidadas, el pasto tupido, y hasta el abrigo del perro que combina con el techo de su cuchita.

Lo  paradójico, es que hoy por mi ventana ya no veo la bonita “casa de al lado”. Durante el tiempo de transformación de este espacio, pase de ver la perfección de un jardín, pasando por una demoledora destruir cada espacio de ese hogar, ver a los albañiles preparando un rico asado y acomodando pedazos de piedra o madera para sentarse junto al fuego, hasta llegar a lo que hoy veo, que es un estacionamiento de un edificio en una de las zonas de Lomas de Zamora con más inversiones a nivel inmobiliario.

Tomaba mi café con leche, y pensaba: al fin y al cabo todos experimentamos momentos de transformación en nuestras vidas, desde lo que implica cambiar nuestro cuerpo para crecer, separarnos de una pareja, cambiar de trabajo, o simplemente cambiar de peinado. Cuan necesario se hace el poder permitirnos que estos cambios sucedan de manera natural, y estar flexibles a lo que la transformación viene a enseñarnos. No hay posibilidad que un cambio en nuestro ser, no nos haga crecer, y no hay manera que el crecimiento, se vaya sin tener una enseñanza.

Por esto, ahora, cada vez que miro ese estacionamiento, y veo niños jugando, padres llevando a sus hijos al colegio, o simplemente una mujer mirándose en el espejito antes de salir hacia su trabajo, veo la transformación de esa “casa del lado”, que hoy es parte de la vida de transformación cotidiana de mucha gente.