(Esta es la historia de como descubrí que las madres perfectas no existen.

Cualquier parecido con la vida real, no es ninguna coincidencia…)

 
                  Mi hija empezó el jardín maternal a los 4 meses y medio. Desde entonces concurre a diario durante ocho horas a este lugar del cual hasta ahora no puedo quejarme en absoluto.
                  De las que si puedo quejarme largo y tendido es de las madres. Pero no de todas las madres. De las perfectas nomás.
                 La mamá de Nacho era una de esas madres perfectas a las que aprendí a odiar. Llegaba a la guardería con Nacho (de la misma edad que mi hija) en una wawita y su otro nene (de dos años) caminando de su mano, todos cantando alegres (seguramente Kumbaya my lord o algo del estilo). Siempre con sus anteojos cancheros, sus vestidos hippie chic y su cara delavidamesonríe.
                  En las escasas y cortísimas (al menos de mi parte) charlas que manteníamos mientras nos preparaban a los bebés para irnos a casa, la mamá de Nacho siempre me hablaba maravillas de él, como aprendía cada día algo nuevo, intentaba hablar, caminar (todo esto con seis meses……). Con su sonrisa omnipresente me contaba (sin que yo se lo pidiera) las alegrías que le daban sus hijos, que tener dos es mucho mejor que tener uno solo, como se divertían con los juguetes que ella misma les hacía con cosas que iban descartando en la casa…
                  Yo, que apenas llegaba despierta al final del día con mi hija única y vivía sin una gota de maquillaje, que no sabía nunca como entretenerla durante más de quince segundos, sencillamente la detestaba. Detestaba su alegría de vivir, su buena onda, su wawita, sus juguetes ecológicos, todo.
                  Y ese sentimiento se hizo todavía más fuerte después de la primer reunión de padres (sí, con bebés de menos de un año tuvimos una reunión de padres). Por que en la reunión, sus comentarios la nominaron a convertirse en la Pachamama de Sala Blanca. Cómo criaba a sus hijos con confianza, con respeto a los límites pero sin gritos, premiando virtudes en lugar de castigar defectos. Cómo se las ingeniaba para que las comidas tuvieran todos los nutrientes y comieran almendras y pasas en lugar de caramelos. Cómo había hecho para que dejen el pañal casi sin trabajo… En fin, la mamá de Laura Ingalls, la mismísima Laura Gutman y las abuelitas de los cuentos eran unas manga de vagas depravadas al lado de ella.
                  Entonces decidí que lo mejor sería ignorarla, porque si la seguía escuchando la iba a odiar más aún, y me iba a odiar a mi misma más todavía por odiarla (Hola culpa!).
                  Y lo hice, la ignoré durante meses, aprendí a escapar de sus comentarios aleccionadores diarios, dedicándole una sonrisa al pasar o un ‘estoyreapurada‘ para eludirla. Pero un día, me agarró distraída…
                  Mientras le ponía la campera a mi hija (ya de un año y medio), le reclamé a la maestra el chupete sin el cual, ella no dormía. Entonces, una voz de la tierra me habló desde atrás ‘¿Chupete? ¿Usa chupete? Ah no, Nacho por suerte no usó, y el mayor tampoco… no está bueno calmarles las ansiedades con objetos para succionar…’.
                ‘¿Quien te preguntó!?!?!‘ Me dieron ganas de gritarle en la cara, pero me contuve porque a pesar de todo mi odio, la veía como a alguien superior, como a la madre perfecta que sabe todo y hace todo bien.
                  Pasaron unos días, o unos meses de aquello, no me acuerdo bien. Una tarde cruzaba la calle hacia el jardín y reparé que la mamá de Nacho caminaba delante mío. Fumaba. Fumaba con muchas ganas mientras hablaba con teléfono y se quejaba. Se quejaba de que Nacho estaba caprichoso y la volvía loca. De que el mayor le pegaba (a ella!) porque estaba celoso del chiquito y no se cuantas cosas. Pero especialmente se quejaba de los hijos.
                  Cuando llegamos a la puerta del jardín, pitó su cigarrillo como si fuera el último que fuera a fumar en años, y viendo que yo la miraba con los ojos como platos me dijo: “Es que ando medio ansiosa ¿viste?… pero no fumo adelante de los chicos…eh?… porque fumar hace….“. No la escuché.
                  Ya estaba adentro del jardín. Ya estaba abrazando a mi hija. Ya estaba feliz conmigo misma porque no la tenía que odiar más.
                   Porque había entendido que las madres perfectas, no existen.
Crédito de imagen: http://www.parentdish.co.uk/2011/05/01/you-know-youre-turning-into-your-mum-when/