La puerta con llave

(versión romántica de un hecho real)
Hace un par de semanas mi amiga Juliana y yo, tuvimos que visitar a un defensor de los consumidores en su casa de Recoleta. El señor se llama Miguel Ángel y los motivos por los que lo visitamos no tienen nada de románticos, así que los vamos a dejar para otra vez.
Miguel Ángel nos atendió en su living, sentado en unos de los dos enormes jarrones chinos que tenía, rodeado cuadros de marco antiguo, libros de filosofía, partituras, un piano y guitarras. También nos invitó a pasar a su jardín, un pequeño edén de primer piso donde virgencitas y santos de yeso blanco te espiaban por entre las plantas.
En un momento de nuestra audiencia, Miguel Ángel se disculpó por las fallas de su impresora y se excusó: ‘perdón por la demora, pero de todas estas cosas se ocupaba mi señora, que acaba de fallecer’.
Juliana y yo estuvimos a punto de abrazarlo, porque, aún cuando no lo dijo con palabras, la forma en que pronunció la frase, y la sombra que enlutó su cara, nos bastaron para entender el dolor que estaba atravesando Miguel Ángel en ese momento.
Una vez afuera, no pudimos dejar de recordar su triste confesión.

Unos días más tarde, la mala suerte de mi amiga nos volvió a llevar a la casa del jardín de las virgencitas.
Tocamos el 1º ‘D’, y la voz de mujer nos indicó por el portero eléctrico que subiéramos. Una vez arriba, nadie nos esperaba al salir del ascensor como la última vez; y la puerta del palier, estaba cerrada con llave.
Como respuesta a nuestros timbrazos, apareció Miguel Ángel confundido, preguntándonos quien nos había dejado pasar. ‘Tocamos, y una señora nos invitó a subir’ contestamos nosotras. ‘Que raro’ dijo Miguel ‘porque yo estoy solo con mi hija, y ella está recostada’. Nos miramos los tres con cara de no entender que pasaba, y pasamos al living que a la luz de la tarde se veía aún más lleno de cosas raras.
La parte aburrida de la audiencia la voy a obviar, por supuesto.

Lo notable ocurrió cuando salíamos de la casa, y Miguel Ángel volvió a poner cara de confundido. La puerta del palier estaba -otra vez- cerrada con llave. Él juró y perjuró que la había dejado abierta para facilitarnos la salida cuando termináramos, pero sin dudas, la puerta estaba con llave.

Al bajar del ascensor yo empecé a hablar de la parte aburrida del encuentro -la que no cuento en esta nota-, hasta que Juliana, más romántica que yo, claramente, me dijo cruzando su brazo bajo el mío ‘¿Sabés quien nos habló por el portero, no?… ¡La esposa!!!’.
Entonces entendí todo: claro que había sido la esposa. Y no solo nos invitó a pasar. Seguramente también, preocupada por la seguridad de su marido, es ella quien mantiene con llave la puerta del palier, Miguel Ángel está casi todo el día solo y recibe mucha gente.
‘De todas estas cosas se ocupaba mi señora’ nos había dicho Miguel, la mañana que lo conocimos.

Y se sigue ocupando Miguel, solo que ahora, lo hace sin que te des cuenta.