A diferencia de nuestras abuelas, madres en algunos casos, pertenecemos a una generación que no nació para ser madre.
Cuantas veces escuchaste (o te escuchaste) decir ‘no nací para esto’ ante esas cosas de la maternidad que ninguna publicidad de pañales o leche en polvo nos muestran.
No dudo que sea así.
Nuestra generación no se define por la capacidad de parir niños. Nacimos para estudiar, profesionalizarnos, realizarnos de mil maneras distintas, muy pocas relacionadas directamente con ser madre.
Casarse, formar una familia, tener hijos, no se nos presentan como la única receta de la felicidad. Y la sociedad ve cada vez con menos recelo a las mujeres que deciden no hacerlo.
Porque para nosotras los hijos son una decisión. La más meditada, reflexionada y cuestionada decisión que podamos tomar en nuestra vida.
Por eso llegamos al parto con una idea completamente errada de lo que nos espera. Tanto tiempo pasamos decidiendo cual será el momento ideal para buscarlo, en que época nos gustaría que nazca, como vamos a decorar la habitación… Leemos libros sobre crianza con apego (y sin él), compramos tapitas para enchufes, vamos al curso preparto, organizamos la casa para que sea también del que vendrá…
Y un día, el bebé nace y desde el momento en que nos lo ponen encima nos damos cuenta que toda aquella preparación, no sirvió para nada. Título universitario mata instinto maternal, me dijeron en pleno puerperio cuando yo no hacía más que buscar mi instinto por todos lados.
Pasaron tres años desde que tuve a mi hija en brazos por primera vez, y en este tiempo aprendí muchas cosas. No solo a cambiar pañales, tomar la fiebre, bañar un bebé mientras hablas por teléfono o las canciones de Adriana Volúmenes 1 a 11
Aprendí que mi cuerpo es una máquina perfecta. Que cuando crees que no das más, tu cuerpo te sorprende mostrándote que tenes una fuerza insospechada, una energía que sale no se bien de donde, pero supera cualquier cansancio.
Aprendí que veinticuatro horas se convierten en treinta si hace falta. Que el tiempo es un chicle en mis manos y que, si quiero, lo puedo estirar cuanto necesite para llegar a hacer todas esas cosas que esta nueva vida exige.
Aprendí que se dibujar, esculpir, maquillar, peinar, bailar y cantar mejor de lo que creía. Y que es hermoso dibujar, peinar, bailar y cantar!
Aprendí que a veces no voy a ser tan buena y que después del enojo y el llanto viene la reconciliación, el mimo y la satisfacción de saber que va por buen camino.
Aprendí la diferencia entre ser capaz de morir por alguien, y saberme capaz de matar, por ese mismo alguien.
Aprendí que nunca más voy a poder ver una película donde un chico se enferma sin llorar. Que cualquier niño enfermo puede ser ‘mi niño’ y a ser agradecida por su salud.
Aprendí que todo aquello que me parecía imprescindible hace unos años, puede pasar a segundo, tercer, cuarto plano si mi hija duerme tranquila todas las noches.
Aprendí que ser mamá es el trabajo más exigente y peor remunerado y del mundo. Y que muchos se creen capaces de saber hacerlo mejor que vos. Pero también aprendí a no escucharlos.
Aprendí a amar de la manera más profunda e incondicional, y a ser amada así, hasta el cielo y las estrellas…
 

Como muchas de mi generación,

yo no nací para ser madre.

Yo me hice madre en el camino,

y tengo todavía mucho camino por andar.

Mucho más por aprender.

Mucho más por hacerme.

 
Y al final de ese camino, como en los cuentos, hay recompensa.
 
(Les dejo esta canción para escuchar mientras leen…)
sosa