Por: Madre se hace. / Para P.

La llegada de un hijo siempre supone una gran revolución.

O tal vez sea una serie de pequeñas revoluciones que cambian todos los aspectos de nuestra vida.

Nada de lo que hayamos vivido hasta entonces nos prepara para esas revoluciones. No hay fin de semana con sobrinos, ni vacaciones con parejas ‘con hijos’ que permitan a nuestra imaginación recrear siquiera de cerca lo que nos pasa cuando nos convertimos en madres.

Y como toda experiencia de vida, la maternidad también es intransferible, por lo que los consejos de abuela, charlas de sala de espera, notas de revistas femeninas y libros de crianza, tampoco parecen servir de mucho en esos primeros días desde el parto donde pareciera no existir un lugar al que ‘podamos disparar’ y salir ilesas de esas revoluciones.

En mi caso, volver a la calma llevó tiempo.

De sentirme una persona bastante segura de todo -mis capacidades como profesional, mi habilidad para sortear situaciones dolorosas, mi facilidad para adaptarme a los cambios-, pasé a depender de otros para tomar las decisiones más básicas. Todo me daba miedo. Yo no podía hacer nada sola. Y lo que hacía, seguro lo estaba haciendo mal.

Sentía que entre mi hija y yo había un gran abismo, donde mi propia incapacidad para reconocerme como mamá nos alejaba y no nos permitía encontrarnos en esa simbiosis natural de los primeros meses de vida.

Para ella tampoco debió ser fácil. Tan chiquita tratando de que esta mamá la conociera, la entendiera, no sufriera tanto porque no podía calmarla. El llanto fue nuestro lenguaje durante largas semanas.

En donde debía haber encuentro y felicidad, yo encontraba rechazo y frustración. Donde debía aflorar el instinto y los sentimientos, parecían crecer las dudas y las razones.

Visité especialistas. Pedí consejos a padres expertos (si acaso existen). Nada funcionaba. Seguía teniendo miedo de no ser la mamá que ella merecía, de no estar a su altura.

Y aunque solo ahora lo puedo ver mejor, es cierto que no hay mal que dure cien años. El mío duró solo cien días, y no se curó con ninguna de las recetas mágicas que los gurúes intentaron hacer funcionar. Fue mucho más fácil.

Y así, cuando ya me estaba convenciendo de que nunca iba a superar mis propias barreras, de que ser madre era eso: sufrir, dudar, sentir que nunca sabrás si estás haciendo lo correcto, llegó una mujer, desconocida hasta ese momento, que vino a curar con sus manos los cólicos de mi bebé.

Pero me terminó curando a mi.

Con un muñeco que sacó de su bolso, y muchas palabras de amor, Lis me enseño a acariciar a mi hija sin tenerle miedo. Me habló del contacto, de la necesidad que tienen nuestros hijos de sentirnos cerca de su cuerpo. Del apego.

Yo lloraba recordando las veces que no había abrazado a mi bebé, que no la había acostado en mi pecho por miedo a que se ‘malcrie‘. Lloraba y me reprochaba por no haberla tenido en brazos más tiempo, por no haberla acariciado más. Por haber pensado tanto, en lugar de usar esa energía para sentir. ‘Que mala mamá le tocó…‘ dije al fin.

Entonces, en lugar de una larga explicación sobre la maternidad, el instinto, la crianza o cualquiera de las cosas que cualquiera me hubiera podido decir, esa mujer que apenas conocía me abrazó, me acunó como si la recién nacida fuera yo, y me dijo algo que hasta ahora, nunca le había contado a nadie: ‘Vos sos perfecta, ella es perfecta, y se tienen una a la otra’. Lo repitió tantas veces como se necesitaron para que yo sonriera.

 

Después de aquella clase de shantala, volví a sentir miedo muchas veces. Dudé -y seguiré dudando- muchas veces sobre si lo estoy haciendo bien, o si podría hacerlo mejor. Pero aquel día entendí, que aún cuando cometa errores, o no esté segura de como hacerlo, soy la mamá perfecta para mi hija. Y nadie podría hacerlo mejor que yo.

Ese es el mantra que repito cada vez que dudo, cada vez que me equivoco, cada vez que temo.

Y es el mantra que me recuerda las revoluciones que pasé y como las vencí.

Porque yo soy perfecta, ella es perfecta, y nos tendremos una a la otra. Siempre.